
Para quienes
transitan sus calles, los desechos son parte de un paisaje matinal donde todo
parece olvidado. Sobre los escombros un viejo árbol decide arrimarse y morir,
quizás, consumido por el pestilente espectáculo que una vez se asomó tras sus
ramas. La basura vuelve a las esquinas como muestra de una arte itinerante que
regresa una y otra vez. Tal vez para mostrarnos el lado oscuro de lo humano.
Es posible que aun
esta práctica no cale en los extremos cuando entonces aparezca una enfermedad
repentina o las cifras del policlínico cercano alerten sobre la necesidad de
aunar fuerzas para remendarlo. El basurero ubicado en la esquina de 20 y 13
continúa ocupando primer orden en la agenda de los cotilleos de barrios. Para
quienes solo son transeúntes de esas calles resulta un cuadro cuyo significado se
comprende mejor cuando más te alejas. No obstante, están aquellos que una vez
se preocuparon y para los que ya forma parte de la cotidianidad. Cuando se
trata de tomar partes en el asunto, la preocupación salta de mano en mano como
pelota caliente que nadie quiere atrapar.
¿Quiénes pueden revertir
la imagen del sitio?, es la pregunta que a diario se hacen los vecinos. ¿Quiénes
lo contaminan?, pudieran cuestionarse los trabajadores encargados de la limpieza
del terreno. Aquí se propaga el silencio cuando de víctimas o victimarios se
trata. El hecho es que el deber es compartido, ya sea de los artistas (los que infectan
el ambiente con sus indebidas conductas), el público (los que aprecian el desastroso
panorama) y las instituciones implicadas en ponerles un poco de amor a las
cosas que son feas. Lo cierto es que la odisea terminará algún día con la
certeza o la tristeza de que al espacio le auguran muchas temporadas donde la
basura será su mejor protagonista.
En esta esquina donde
hoy se mezcla el verde de la tupida vegetación, los ocres y el negro de los
desechos sólidos no caben ya la conciencia de los hombres o el discurso
educativo de los medios a favor del medio ambiente. Aquí solo valen las leyes, el
ajuste de cuentas a los contaminadores o la fuerza de los contaminados, la
creación de un organopónico, un parque o un proyecto sociocultural que salve el
espacio.
Mientras tanto se
discutirá en el memorándum de alguna mesa directiva quiénes son los responsables
de la higiene, cuándo toman las medidas o cómo cambiarán el aspecto del lugar.
En el afán de hallar el quién, el cuándo o el cómo, a través de las ventanas
por donde asoma la basura, se escucharán también las notas de Carlos Varela en
los audífonos de los jóvenes que caminan frente al mugriento cataclismo:
“Hace mucho calor en la vieja Habana, la
gente espera algo pero aquí no pasa nada; un tipo gritó sálvese quien pueda,
cada día que pasa sube más la marea…. pero entiéndelo brother, tómalo como
quieras, la política no cabe en la azucarera”