Cada
tarde pasa frente a la terraza con un sonido singular. Es joven y trae consigo
la música que anuncia a todos la llegada del helado a la barriada. Por estos
parajes se le ve caminando al lado de su bicicleta porque son considerables las
alturas de las calles.
No
sé siquiera cuál es su nombre o por cuánto recoveco anda para vender el helado
que lleva en una pequeña nevera agarrada de la parrilla. Solo sé que a veces va
de un lado a otro aclamando la llegada de algún niño, y se detiene frente a sus
casas con la esperanza, quizás, de que saldrá el pequeño en búsqueda de la
golosina.
Hoy
le he visto con la estampa de un John Lennon y sus espejuelos redondos último
grito de la moda. Llevaba, además del suéter de rayas, una gorra blanca y una
sonrisa. Acerca de su éxito no saben los vecinos, tampoco su paraje o si
regresa a casa con las manos vacías. En ocasiones se le ve cansado pero repite
el camino tantas veces sea necesario.
Alberto,
Pepe, Raúl, Orlando o que sé yo como se llame puede ser el último eslabón en la
cadena productiva. Es el vendedor, no de asombros, como la canción de Liuba. Es
el rostro de quien, como otros, luchan por vivir o sobrevivir a toda costa pero
cuya imaginación quedó inerte al desafío de los nuevos tiempos.
En
mis fantasías que le imprimen a la ciudad y a sus gentes mayor colorido le veo
de manera constante. Lo pienso vestido de payaso y dibujada su boca en la que
no siempre aparece la risa. También con una peluca caleidoscópica y unos
zapatones grandes como salido del acto circense al que no todos los niños van.
Pintada la bicicleta cual un carruaje de colores y detrás, donde hoy ocupa el
lugar la pequeña nevera, un gran cajón del nuevo refrigerador que alguien
botó, lleno de melodías, matices y
sorpresas que solo descubrirán los chicos cuando se arrimen al fabuloso
espectáculo.
A
ellos los imagino también alegres, llenos de admiraciones y corriendo en busca de
sorpresas dulces; abarrotados de algarabía e ilusiones, pues el vendedor no
solo endulzara sus labios, también sus ganas de soñar.
Y
mientras sueño cuando escribo, vuelve el sonido a las calles que hasta para
algunos resulta ya tedioso y la idea se me rompe como un globo.
Quizás
nunca pueda descifrar la incógnita y me acerque para compartirle la quimera que
se me antoja cada tarde cuando lo escucho o veo pasar.
No
sé si de asombros se vestirá algún día este transeúnte que busca su vida en las
calles de la ciudad. Lo cierto es que no necesitará de mucho para hacerlo. Con
una caja, un poco de pintura alegre y las dos ruedas que le guían puede
alcanzar la ilusión de llegar sin paletas hasta el último confín. Y en el afán
de dar de comer a su bolsillo también llenará de sueños una pequeña
imaginación.
Cuantas personas están en ese lugar carentes de un reconocimiento, buscándose algunos pesos y con poca magia para hacer lo que propones, nos falta mucho por aprender para saber como vender y mucho más aquellos nuevos emprendedores del sector no estatal, suerte para el vendedor de helados. te propongo como título LA MAGIA DE SABER VENDER
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